De tanto
andar y andar, recorriendo el sinuoso camino de timidez y rodeos -propio de las inseguridades-
uno se pregunta, y sin echar culpas a nadie, que habrá pasado, que sucedió, por
qué las cosas se dieron del modo en que se dieron… y si acaso no estaba esa mujer
del todo convencida del encanto y la atracción que sentía por ese hombre de
serenos ideales de liberación. Horas, instantes… minutos en que la distancia
adquiere un lenguaje propio, y un oportuno silencio expresa más que un millón
de palabras y muecas de insatisfacción –no hacen falta explicaciones para quien
capta las señales- ¡divina intuición!… y mientras las lágrimas enjuagan el alma,
y el pecho se abre a la llegada de una nueva impermanencia -que al fin y al
cabo es solo una fracción de una única impermanencia más grande, nada queda
quieto-, el alivio se manifiesta más presente que nunca obsequiándonos un nuevo
“aquí y ahora” y el fin de la incertidumbre también pone fin a los días de ella
con él y de él con ella. Caminos que tal vez debieron cruzarse, vaya uno a
saber para qué…solo esperan que haya servido, solo el tiempo lo dirá… breve
ilusión que se disuelve para no otorgar licencias a un nuevo acercamiento -diez
años después hasta podrías escribir un tratado-, las veces que intentás poner a
prueba tu nueva inflexibilidad. -Si me encontrara con la misma facilidad con
la que me pierdo-, reconoce el recién despabilado a ese ser de luz que nadie
sabe cómo se las ingenia para leer su mente y uno nunca alcanza a saber el
secreto. La brisa en la cara y la vibración que recorre ambos brazos le hacen
saber que una vez más las fuerzas externas son positivas y favorables… y una
vez más cierra sus ojos… y mantiene, como siempre, su espíritu en armonía con
la naturaleza… y con increíble intuición deja a un costado aciertos y
desaciertos, y con la máxima comprensión se decide a diluir algunas de sus costumbres
¿podrá disolver las más enquistadas? …vaya uno a saber.
Joan Evol.-
12/06/2014.

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